Estira y deforma la perspectiva hasta
los límites que puedas imaginar, marca un ritmo de acción
vertiginoso que no de tiempo a suspirar, y aderezalo con una trama
alocada e insulsa sobre carreras ilegales sin regla alguna en pecios
espaciales. Así es Red Line, una obra realizada por Takeshi Koike
orientada desde el inicio al desvarío argumental, las explosiones
constantes, los ingenios robóticos y, si, más dosis de locura.
Nuestro protagonista es JP, un criminal
y piloto de carreras con un marcado estilo greaser, un tupé de
grandes dimensiones y ropas de cuero tachonadas que recuerdan al
género tecnofuturísta y punk postapocalíptico. Su recorrido por el
guión es algo secundario y una simple justificación para pasar de
una escena a otra y a la siguiente explosión, y así sucesivamente.
La sombra de la marca japonesa está
presente en la aparición de chicas coloridas y con poderes mágicos
inexplicables e innecesarios (ya advertí que el guión y la lógica
son cosas que no fueron muy trabajadas en el film), grandes monstruos
descontrolados, robots repletos de armas y gadgets, y personajes con
dialogos predecibles y que apenas evolucionan.
Lo impactante de esta película de
animación es su colorida paleta, sus exageraciones constantes tanto
en los trazos como en las perspectivas, la música que en pocos
segundos deja de introducirte en la acción, y el despliegue
audiovisual, en general, del que hace gala este impresionante y
prolongado proyecto.
La inquietud que debería generarsenos
es con respecto a hasta que punto un film, por su mero contenido y
calidad audiovisual, puede prescindir del guión y seguir resultando
una obra asequible y que genere el interes de posibles espectadores.
En los últimos tiempos esa parece ser la carta de presentación de
variadas películas 3D que, bajo el pretexto de mostrar algo
novedoso, sin serlo, ven innecesario invertir tiempo en sencillamente
preguntarse si su trabajo entretiene a los posibles espectadores.
Cuando nos plantamos ante el televisor,
proyector o pantalla de computador para visionar Red Line, estamos
ante una obra técnicamente de grán logro visual, pero de guión
pobre, o cuanto menos irreverente y ligéramente descuidado. Quedan
advertidos.
Miguel Ángel Simón Porro

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